CRÓNICA SOBRE LO QUE SIGNIFICA SER PARIENTE DE PABLO ESCOBAR

POR JUAN JOSÉ GAVIRIA / Revista Soho

Tras varios años de guardar silencio y evitar el tema de su parentesco con el capo, el hijo de José Obdulio Gaviria busca desentrañar lo que esta circunstancia ha significado en su vida. En medio de las pesquisas, encuentra una historia de mafia y muerte que pone los pelos de punta.

Mi papá y yo en el Bosque de Chapultepec, en México D.F., diciembre de 1981. Seguramente la foto fue tomada por mi mamá. Yo tenía casi dos años y ellos, un poco más de cinco de casados.

—Y Pablo Escobar también.

La frase cayó como una bomba en medio de nosotros dos. Mi mamá parecía haberse liberado de un fardo y guardó un silencio culposo después de la explosión. Un impertinente me había contado que mi Gaviria era el mismo del socio de Escobar, Gustavo Gaviria. Yo ni siquiera sabía quién era el personaje y por eso le pregunté a la única persona a la que soy capaz de preguntarle sobre cualquier tema. Mi mamá confirmó lo que me habían dicho y, después, como si quisiera aprovechar la oportunidad para desembarazarse de todo, me soltó el resto. Yo llevaba la misma sangre de Pablo Escobar.

Era 1997. Yo estaba terminando el bachillerato y me iría de intercambio en unos meses. En ese momento, la información se regó por mi mente y empezó a producir efectos silenciosos. Una noche de esa semana en que me enteré de mi oscura parentela, después de comer perros calientes con uno de mis amigos del colegio, fui a dejarlo en su casa. En el carro, antes de que se bajara, le conté lo que había oído. Lo escogí a él porque mi amigo pertenecía a una familia muy particular. Tenía un tío en la cárcel y otro ya había purgado su pena. A este último lo habíamos conocido un día que fue a recoger a mi amigo al colegio. Seguramente, mi impulso de buscarlo para contarle mi secreto tenía que ver con la necesidad de sentir solidaridad auténtica, una mirada comprensiva del asunto, aunque también es posible que quisiera que mi amigo, que hablaba sin tapujos de la situación de su familia, contara cosas que yo no sabía sobre la mía. Sin embargo, ese día no hablamos mucho y nunca más tocamos el tema. Días después terminamos el curso y celebramos nuestro grado. Jamás volvimos a hablar.

Los últimos dos años de bachillerato yo me había aislado. Salía muy poco, no me gustaba el trago, le tenía pavor al rechazo de las mujeres y pasaba muchos viernes y sábados viendo películas que alquilaba en Blockbuster. Me gustaba la música y oía salsa vieja y rock. Mi canción preferida era Maestra vida, de Rubén Blades. Para esa época todavía disfrutaba jugando fútbol y entrenaba todos los días, junto a mi primo, con las divisiones inferiores del Nacional. Nuestro entrenador era Luis Fernando Montoya, el profesor que tiempo después llevaría al Once Caldas a ser campeón de la Copa Libertadores de América y que después sufriría un atentado que lo tiene paralizado desde hace varios años.

En ese entonces, los muchachos de El Poblado habían adoptado ciertas modas que me molestaban. Sus cortes de pelo eran copias de los que usaban los pillos y todo el mundo quería parecer un camaján. Muchos andaban armados. No recuerdo si fue ese año en el que terminamos el bachillerato, o algún tiempo después, cuando uno de nuestros compañeros casi muere por cuenta de varias puñaladas que le propinó uno de sus mejores amigos. Se habían trenzado en una pelea por cualquier tontería y lo que debió haber sido una riña de niños terminó en una tentativa de homicidio.

Medellín era un lugar para el que yo no estaba preparado. Quise encerrarme, ocultarme, protegerme de la insensibilidad de los demás. Cuando me enteré de mi parentesco con el capo de capos pensé que era una gran ironía el hecho de que yo me sintiera tan incómodo en la sociedad que cuatro años después de su muerte daba la impresión de ser moldeada por él, por una presencia que se sentía todavía en el aire. ¿Qué sentía mi viejo amigo del colegio?
“What were all those dreams we shared so many years ago”
Por esos años, mi papá era un personaje relativamente conocido en la sociedad antioqueña. Siempre había sido muy activo en la política de Medellín pero jamás había ostentado un cargo público. Escribía una columna en el diario El Mundo y participaba en varios programas radiales. Tenía una oficina de abogados a la que me gustaba ir porque podía entrar sin anunciarme y porque mi papá me invitaba a sentarme en su mesa de reuniones sin importar quién estuviera con él. Nunca me pidió que lo esperara afuera ni me sacó de ninguna junta. Él me hacía sentir parte del mundo, de la ciudad, del barrio, de mi casa, de todo.

Mi papá era un lector voraz. Estudiaba a Voltaire, a Toqueville y a Maquiavelo. También leía biografías, entre las que recuerdo un tomo sobre Abraham Lincoln que tenía siempre a la vista. La fundación de los Estados Unidos, el origen de los partidos políticos y las constituciones eran temas que investigaba constantemente. Las ideas políticas lo hacían vibrar y creo, aunque no estoy seguro, que fue por ese entonces cuando leyó con fruición a Hobbes y a Locke, base fundamental de lo que después diría y haría en su vida pública. Entre todas esas lecturas había una que tenía un tono íntimo y personal. Se trataba de la autobiografía de Benjamín Franklin, uno de sus referentes más queridos. Este libro es el regalo suyo que más recuerdo (después de la guitarra que todavía tengo en mi biblioteca, por supuesto). Hace poco, cuando fui a Medellín para escribir esta crónica, busqué el tomo de Editorial Porrúa y me dispuse a hojearlo para encontrar el secreto que me ata a él. Después de mucho buscar, me fijé en la primera frase de la autobiografía: “Querido hijo”. Mi papá no sería capaz de escribirme un libro como el de Franklin, no tiene tiempo ni ganas o tal vez no sea capaz de hacerlo, pero me regaló un manual de conducta para el buen ciudadano que empieza con esa frase tan simple y a la vez tan grande: “Querido hijo”.

Esta diferencia tan marcada entre lo que ocurría afuera y la vida adentro de mi casa fue la que impidió que me acoplara a la realidad de la ciudad. Yo solamente me sentía seguro con mis papás. A diferencia de mi mamá, quien cultiva la intimidad y disfruta contemplando las cosas más simples, mi papá siempre ha tenido una actitud vitalista y extrovertida. Le gusta relacionarse con la gente, sin importar su condición social o su bagaje intelectual. Hay algo en él, un instinto político incomprensible para mí, que necesita de la exterioridad, de los otros, para justificar su existencia. Esa tendencia se manifestaba en todas sus ocupaciones. Su presencia terminaba convirtiéndose en un centro gravitacional y en una explosión de actividades. Por ejemplo, en mis primeros años de colegio, mi papá me convenció de que hiciéramos un periódico. Se llamaba Lo Máximo y contaba pequeñas cosas de la vida estudiantil. Siempre recuerdo su entusiasmo mientras lo escribíamos en su computador IBM de pantalla negra y letras naranjas. Al final, imprimíamos nuestro trabajo en una hoja tamaño carta, en formato horizontal, y la doblábamos por la mitad para que nos diera cuatro páginas. Creo que alcanzamos a hacer solo dos números y siempre me llamó la atención que a mi papá le pareciera tan potente y excitante la experiencia de editar un periódico. Muchos años después comprendí cuánto lo hacía vibrar esa actividad y la fuerza silenciosa que representa.

Por aquellos días del periódico, mi familia y yo íbamos todos los fines de semana a nuestra finca en Cocorná. Era un lugar paradisíaco, perdido en la manigua, aislado de todo y de todos. Mi papá, como era de esperarse, se convirtió en el eje de la vereda. En pocos años la finca contaba con luz eléctrica y acueducto. Organizó a los vecinos para que se pusieran de acuerdo y trabajaran juntos en busca de su propio bienestar. Los hijos del mayordomo eran nuestros mejores amigos, y mis hermanos y yo colaboramos en varias actividades en la Escuela San Lorenzo, que era una construcción pequeña y algo triste, pero que por ese entonces ganó mucha vida. Aprendí a ordeñar, a enlazar, a picar pasto, a curar animales, a sembrar. Fueron años idílicos en medio de la vida campesina. Hasta el día en que llegó la tragedia. En octubre de 1991, un comando armado despertó a la gente de la vereda y los reunió en el parqueadero del estadero El Volante. Allí mismo asesinaron a Argemiro, el profesor de la escuela, nuestro amigo; al administrador del estadero donde comprábamos gaseosas y panderitos, y a dos campesinos de la zona. Después se llevaron a varias personas que nunca más aparecieron. De ellos recuerdo con especial cariño a Toño, el dueño de la tienda donde comprábamos lo que necesitábamos para el fin de semana o las vacaciones.

Desde ese día, las cosas no volvieron a ser lo mismo. Siempre teníamos miedo y empezamos a dejar de ir a la finca. Aunque esa era una zona de influencia guerrillera desde hacía mucho tiempo, yo nunca había sentido temor. La vida de la vereda perdió todo su encanto, la gente se ensombreció.

Hace unos tres años fui con mi hermano a visitar la antigua finca. Todo parecía más pequeño y triste. Cuando grité el nombre de un campesino amigo al que no veía desde aquella época, el hombre respondió desde una ducha que quedaba en la parte exterior de su casa. Asomó la cabeza por una cortina de plástico y pude ver su cara mojada y llena de miedo. Yo tenía la barba crecida y el pelo largo. Lo único que me dijo fue: “No sé quién es usted”. Le expliqué y de inmediato nos reconoció. Nuestro amigo se puso feliz, le parecía imposible que volviéramos. Seguramente había visto a mi papá en la televisión o lo había oído en la radio y no le pareció normal que llegáramos así no más. Ese día caminamos por los viejos senderos de nuestra infancia. La maleza se había comido todo, la casa era un centro de retiros de algún pastor cristiano que había pintado la fachada con unas figuras alegóricas de tonos cafés. Un poco más abajo, camino al río, nuestro amigo nos advertía a cada paso que debíamos pisar donde él pisaba. Cocorná es el municipio de Colombia que más minas antipersona tiene sembradas. Cuando llegamos hasta un lugar desde el que pudimos ver el río, decidimos detenernos. Mi hermano y yo guardamos silencio. Cuando hablamos de nuevo, nuestras palabras no pudieron abarcar el contenido de lo que estábamos sintiendo. Éramos jóvenes, es cierto, pero ese día entendimos que la vida había corrido demasiado, que las cosas nunca volverían a ser lo que fueron.

Por pura coincidencia, ese día de nuestro viaje a Cocorná se realizaban las Fiestas del Retorno. Creo que en Colombia hay tantas fiestas con ese nombre como municipios. El pueblo había perdido la mitad de su gente durante la década del noventa, ahora llegaban camiones y buses llenos de niños costeños, casi todos hijos de tenderos que habían hecho su vida en el exilio. Mi hermano y yo nos sentamos a ver el espectáculo desde la plaza. Fue fascinante ver a toda esa gente que había sido y ya no era de Cocorná. Eran personas que salieron en medio de la violencia y reconstruyeron su vida. Sin embargo, todos eran desarraigados, un poco como nosotros o, mejor, nosotros un poco como ellos.
“What were all those plans we made now left beside the road”
Cuando mi papá llegó al gobierno de Uribe nuestra vida dio un vuelco. A pesar de la infinidad de posibilidades que se abren para una persona que se acerca de esa manera al poder, muchos miedos se activaron en mí. Uno de ellos era que descubrieran nuestro parentesco con el mafioso más cruel de la historia de Colombia. Sentía que cuando eso se destapara, la sociedad entera nos iba a rechazar. A partir del momento en que supe de esa circunstancia, guardé el secreto hasta con mis mejores amigos. ¿Qué pensarían si llegaran a descubrirlo? La verdad es que nunca hablé con ellos al respecto, ni siquiera después de que Felipe Zuleta lo anunciara en su columna de El Espectador. Por esos días sentí que era una injusticia que se pusiera tal información en los medios. El hecho de llevar el mismo apellido del capo no había sido determinante en nuestra vida y, hasta ese momento, no había producido ningún efecto en nuestra cotidianidad. En planos más profundos, esa información había hecho su trabajo, claro. Por ejemplo, siempre me impresionó leer que Pablo Escobar reconocía la influencia de su madre como la que determinó su carácter. “En realidad Pablo debiera haberse llamado Pablo Gaviria y no Escobar”, dice Alonso Salazar en La parábola de Pablo. Su madre era hermana de mi abuelo. Muchas veces me pregunté cuáles eran mis genes dormidos, mis impulsos negados, las ambiciones ocultas que reposaban en mí y que se manifestaron libremente en la persona de Escobar. A veces me miraba en el espejo y buscaba con temor algún rasgo suyo en mi cara (una vez, recién destapado el asunto, un viejo me dijo que yo era muy parecido a Pablo). La verdad es que esa información me obligó a estar más pendiente de mí, de mis inclinaciones y mis ambiciones, de lo que quería y no quería ser.

En cuanto a los hechos, mi familia siempre estuvo del lado de la sociedad que vivía atemorizada por las acciones de Pablo Escobar y la violencia que generó en la ciudad.
“I just want to grow old”
Hace poco fui a Medellín a buscar a aquel amigo del colegio al que le conté el secreto que me habían develado en 1997. Hacía varios meses que no visitaba mi ciudad y más de diez años que no hablaba con mi amigo. Todo en nuestra vida había cambiado, nuestras amistades eran otras, yo tenía una familia propia y había terminado de editor, un trabajo inesperado para la mayoría de la gente en Medellín. En el aeropuerto me esperaba uno de mis mejores amigos en la actualidad, uno de los miembros de la trilogía que le da sentido a la palabra amistad en mi diccionario. Fuimos a desayunar a un estadero de comida típica antes de arrancar hacia Medellín. Cuando íbamos de regreso, le pregunté por primera vez a Jota, mi amigo, qué había pensado en el momento en que se enteró de mi parentesco con Pablo. Me dijo que nada, que simplemente nunca le pareció importante hablar del tema. Yo era su amigo, el mismo que había conocido en primer año de Derecho y con el cual había vivido muchas experiencias. Además, habíamos vivido mucho tiempo juntos, habíamos estado muchas veces en mi casa y para él era obvio que no era un hogar de mafiosos.

Después de que Jota me dejó en la casa de mi abuela, me pasé todo el día leyendo el libro de Alonso Salazar. Emilio, otro amigo miembro de la trilogía, me llamó para decirme entre risas que tenía un plan nada común. Quería que fuéramos con su mujer a un concierto que ofrecían Richie Ray y Bobby Cruz, Fruko y sus Tesos, Don Omar y otros artistas en la plaza de toros. Acepté acompañarlos. Cuando llegamos a La Macarena, el ruido de los parlantes invadía la Avenida Regional. Quisimos esperar a que empezaran ‘los cuchos’, los salseros viejos, y nos sentamos en una mesita que habían ubicado unas señoras bajo unos árboles para atender su negocio de chuzos y mazorcas. Después de abrir una botella de aguardiente y de reírnos con tonterías, interrumpí el curso de la conversación para preguntar:

—¿Dónde fue que pusieron la bomba aquí?

Emilio miró al fondo, detrás de los árboles, y respondió como con desgano:

—Creo que fue debajo del puente —y remató—: En esta ciudad sí han pasado unas cosas muy hijueputas.

Yo recordé las imágenes de ese día. Era febrero de 1991 y estaba pasando las vacaciones con mi mamá y mis hermanos en Carolina del Príncipe, el pueblo de Juanes (y de mi mamá). Cuando ella se enteró, salió inmediatamente para Medellín y nos dejó con una tía. Recuerdo las imágenes del noticiero. Ahí vi a uno de los socios de oficina de mi papá llorando sobre un carro calcinado. A la hora en que explotó la bomba, su esposa y sus hijos, Alejandra y Lucas, pasaban por la avenida. El impacto les llegó de frente. Yo había jugado con Lucas en los torneos intercolegiados. Era un gran futbolista, la estrella del Jorge Robledo. Siempre que nos enfrentábamos a ellos, la estrategia era marcarlo, no dejarlo jugar. Nuestros papás nos animaban desde el límite de la cancha. Lucas y su madre murieron en el atentado. Alejandra quedó muy herida pero se recuperó. Años después, cuando nos encontrábamos en los pasillos de la universidad, me impresionó la paz que había en su voz y la alegría que irradiaba. Escobar había ordenado instalar la bomba para asesinar a unos policías que pasarían junto a la plaza.

Entonces le pregunté a Emilio qué había pensado el día que se enteró de mi parentesco con Pablo. Su respuesta parecía una copia de la que me había dado Jota en la mañana cuando bajábamos del aeropuerto. ¿Qué le pasaría a mi amigo del colegio cuando les preguntaba a sus amigos lo que pensaban de su familia?
“Help me see myself”
Había logrado concretar una cita con mi viejo amigo de infancia. Quería preguntarle por lo que representaba en su vida el hecho de pertenecer a la familia a la que pertenecía, pero no tenía idea de cómo podía abordarlo, cuál sería su actitud frente a lo que había pasado con sus tíos y su padre, no sabía siquiera si podríamos entendernos después de tanto tiempo. Habían pasado más de diez años y apenas habíamos hablado por teléfono para fijar la cita.

Mi vida, mi ocupación, mi rutina son bastante diferentes a las que suele tener una persona en Medellín. Trabajar en un grupo editorial no es algo normal en ninguna parte, mucho menos allá. Yo no sabía si mi amigo entendería lo que hacía, el tipo de camino que yo había escogido (o que me había escogido a mí), el de los libros, el de los contenidos, el de las ideas que aparentemente no valen nada. ¿Para qué estaba yo haciendo esto? ¿Cuál era mi justificación para meterme en su casa, en su vida privada y preguntarle por cosas que no debía preguntar? Mientras esperaba en el parqueadero de un supermercado cercano a su casa, los nervios manejaban mi cerebro. ¿Esto valdría la pena? ¿Iba a ser capaz de escribir algo después de hablar con él o quedaría paralizado? Después de una espera de más de veinte minutos, el teléfono sonó y el nombre de mi amigo de infancia apareció en la pantalla del teléfono. Se disculpó por la tardanza, y era tal mi ansiedad que un pequeño rodeo suyo me hizo pensar que se había arrepentido.

Finalmente me dio la dirección de su casa y le aseguré que estaría allá en cinco minutos. La ruta para llegar me hizo sentir en el Medellín de mi adolescencia, los nervios se dispararon de nuevo. Su casa estaba ubicada cerca de nuestro colegio. Cuando llegué a la portería, le pedí al celador que me anunciara. El hombre activó el citófono y unos segundos después retiró el auricular de su oreja y me dijo que mi amigo no estaba. “Lo sabía —pensé—, nunca estuvo seguro de que hiciéramos esta entrevista”. Le dije que acababa de hablar con él y que me estaba esperando. Entonces volvió a preguntarme el nombre de mi amigo y pensó un momento. “Disculpe, tiene razón, estaba pensando en otro señor que tiene el mismo nombre”.

Finalmente, después de tanto tiempo, estaba timbrando en el apartamento de mi viejo amigo. Yo llevaba una cámara terciada en el hombro, una grabadora y una libreta de apuntes. Cuando abrió la puerta, antes de dejarme entrar, mi amigo detuvo un momento su mirada en mis ojos, sin sonreír. Tal vez pensó que no sabía por qué había decidido aceptar mi invitación. Minutos más tarde, cuando íbamos a empezar a grabar, me dijo que él siempre ha confiado en las cosas que siente cuando mira a las personas a los ojos.

—¿Y vos andás de periodista?
Le respondí que no, que sí, que no sabía, que más bien estaba tratando de resolver, precisamente, ese enredo.

Mientras me acomodaba en el sofá de cuero negro, me detuve a observar el apartamento. Era un espacio muy agradable, de unos setenta metros cuadrados con un balcón que daba a una cañada. Al fondo podía oírse el ruido de una quebrada. Recordé que quería escribir una crónica de esto, entonces me fijé en lo que vestía mi amigo. Tenía una camiseta y unas bermudas con bolsillos laterales. Se había acomodado en el sofá de enfrente y me observaba. Miré a mi alrededor, no sabía qué decir, por dónde empezar.

—¿Y cuál es tu idea? —me preguntó.

Yo le recordé el episodio en el que le había contado de mi parentesco con Pablo Escobar, en 1997. Traté de explicarle lo que sentía al respecto, pero no supe hacerlo bien. Al final, le dije que pensaba que tal vez su historia, que era más dura, podía explicar lo que yo sentía. Él asintió, pero no dijo más. Entonces empecé a hablar como un perdido cuando aparece, le conté lo que había sentido cuando la noticia nacional fue el parentesco de mi papá, un asesor presidencial, con el mafioso más famoso del mundo. Le dije que pensaba que eso me afectaba de muchas maneras, que creía que yo me había autocensurado desde entonces para evitar que me restregaran ese asunto en la cara. Mi amigo siguió parco un momento, pero después se soltó y empezó a hablar. La conversación surgió deshilvanada, sin ningún orden cronológico, sin ninguna estrategia. Cuando le dije lo que sentía por los años en que estábamos terminando el colegio, mi amigo se sorprendió, no podía creer que me sintiera así de inconforme y explicó lo que, en cambio, le ocurría a él:

—En esa época yo estaba empezando a salir, consiguiendo novia, nos gustaban los carros y las mujeres. Los pelaos se excitaban con los traquetos, con los hijos de los traquetos, no querían ser como los hijos de los industriales sino como los de los mafiosos. Yo era uno de esos hijos de la mafia.
Era eso exactamente lo que yo sentía en ese entonces. ¿Qué podía hablar yo con mis compañeros del colegio? Todos eran buenas personas, buenos estudiantes, habían sido educados en buenas familias, pero yo no disfrutaba de lo que ellos sí. Nuestra relación, entonces, se limitaba a las horas que permanecíamos en el colegio. Después, ya lo dije, estaba mi entrenamiento, mis películas y mi música.

Nuestra conversación empezó a hacerse más fluida. Nos reímos con algunos recuerdos. Sentí todo el tiempo, mientras conversábamos, que es increíble que dos personas hayan podido vivir viéndose todos los días de su vida durante doce años y después desconectarse por completo. Cuando evocábamos situaciones del colegio, las imágenes venían cargadas de familiaridad entre nosotros. Antes éramos amigos, ahora éramos dos extraños, antes éramos un universo de potencialidades, ahora éramos lo que somos, y nada más.

Mi amigo tenía seis tíos de los cuales solo queda uno vivo. Por eso, aquel niño que antes era mi compañero de colegio se convirtió en el centro de su familia, en la persona que está pendiente de todos, en paterfamilias, en un viejo.

Su tío mayor habría de trazar el camino que terminaría por llevarlos a todos a la perdición. Ese tío hizo parte de la generación de bandidos de la década del setenta que descubrió el floreciente negocio de la exportación de cocaína. Empezó trabajando solo pero, después, cuando Pablo Escobar se hizo el gran señor de la coca, quedó inscrito en lo que se conoció como el cartel de Medellín.?—¿Y vos sabías eso, siempre lo supiste? —le pregunté.

—No, yo me fui enterando de cosas poco a poco. Mi papá siempre me quiso mantener aparte. La primera vez que yo sentí que en mi familia había algo raro fue cuando estuvimos en la Hacienda Nápoles. De vez en cuando entrábamos a Nápoles, la propiedad de Pablo, pero nuestras entradas siempre eran como las de cualquier persona por esa época: visitábamos el zoológico, veíamos los animales y regresábamos a nuestra casa. Aunque todo el mundo sabía que Nápoles era de Pablo, yo nunca pensé que tuviéramos alguna relación con él. Fue así hasta ese día que fuimos a una fiesta en la sede principal de Nápoles. Eso era como un hotel. Recuerdo que mi papá decidió que nos fuéramos temprano de la fiesta y entramos al cuarto que nos habían asignado. El ambiente se había puesto pesado porque ya había muchos borrachos y empezó a verse el vicio, y recuerdo que había algo tenso entre mis papás. Mi mamá se quejó de esas fiestas, dijo que ese ambiente era muy pesado y que esta gente era muy miedosa, y mi papá, como siempre, le pidió que no hablara de eso en mi presencia. Yo no entendí del todo lo que estaba pasando, pero sí me hice una idea. Ellos siempre me ocultaron todo mientras pudieron.

—¿Pero qué pensaste? ¿Alcanzaste a entender que estabas en una fiesta de la mafia? —volví a preguntarle.
—No, pero sí empezaron a ganar sentido algunas cosas que había percibido, cosas que empezaron a llamar mi atención y a hacerme pensar que mi familia era rica. En diciembre, la celebración se hacía en la finca de mi tío mayor. Siempre tenía un cuarto lleno de pólvora y los traídos de mis primos eran fantásticos. Mientras a mí me regalaban una cosa normal, un walkman o algo así, a ellos les daban Mercedes de juguete con motor o cosas verdaderamente sorprendentes. En una de esas fiestas me metí a conversar con los trabajadores de mi tío. Estaban jugando cartas y charlando. En una mesita alcancé a ver una pistola. Hoy creo que era una Beretta. Les empecé a hablar de las armas que había visto en Rambo o en Sledge Hammer. Ellos se rieron y me mostraron la pistola, la desarmaron y me enseñaron todas las partes. A pesar de todo esto, yo nunca reflexioné sobre las actividades de mi tío. Simplemente pensé que las personas que trabajaban con él eran como celadores y por eso estaban armados.
—¿Pero por qué no nos enteramos de estas cosas cuando estábamos en el colegio? ¿Por qué ocultabas eso?
—Yo nunca conté todas estas experiencias en el colegio porque había algo que me hacía pensar que no podían saberse. Era algo que ni siquiera me preguntaba sino que me resultaba natural y obvio. Aunque no sé, mi papá tenía la capacidad de decirme cosas y dejarlas instaladas en mi consciente. No sé si él me habrá dicho que no contara nada.

Mientras mi amigo se enfrentaba a su realidad, a mí me impresionaban otras cosas. El sábado 22 de agosto de 1987 fui con mis papás a visitar a Leonardo Betancur en su finca de la autopista Medellín-Bogotá. Leonardo me pareció un gigante. Su sonrisa, una fiesta de dientes, se fijó desde entonces en mis recuerdos y su magnetismo causó gran impresión en mi personalidad de niño. Cerca de las seis de la tarde, Leonardo me invitó a jugar fútbol y nos dispusimos a organizar las canchas. Sin embargo, cuando nos aprestábamos a empezar el juego, la corriente eléctrica se interrumpió y fue imposible revivirla. El gigante de la sonrisa luminosa me prometió un partido la semana siguiente. Nunca fue posible hacerlo, el martes lo asesinaron junto a Héctor Abad Gómez cuando asistían al velorio de Luis Felipe Vélez. Ahora pienso que mientras mi amigo conocía las armas, yo conocía a las víctimas.

—¿Entonces cuándo te enteraste definitivamente de que tu familia estaba vinculada al cartel? —le dije.
—El día que lo entendí todo fue cuando fui a La Catedral, después de la entrega de Pablo. Ese día subimos escondidos detrás de unas matas, en la parte trasera de un camión. Mi papá quería que visitáramos a mi tío, que se había entregado junto a Pablo. En el trayecto tuvimos tres paradas. Los retenes eran muy poco estrictos, los agentes solo alumbraban rápidamente con una linterna y nosotros, todos mis primos y sus madres guiados por mi papá, guardábamos silencio. Al final, después de superar todos los retenes, llegamos a la cárcel. Mi papá nos pidió que bajáramos uno por uno y corriéramos rápido hacia una puertita roja que estaba entreabierta. Cuando la atravesé, vi las celdas abiertas y toda la gente moviéndose libremente. Ese día conocí a todas las personas que aparecían en los noticieros y en los anuncios con las ofertas de recompensas. Mi tío estaba feliz de tener a toda su familia con él. Nos llevó a ver un criadero de curíes que estaba montando. Ese día conocí a Pablo. Salió de un cuarto, estaba con una sudadera entera de Nike y tenía una gorra. Yo sentí que estaba en una película. La gente lo saludó. Esa fue la única vez que lo vi. Después me puse a ver las cosas de mi tío, su huerta, sus trabajos de carpintería, una pintura que estaba haciendo. Ese día noté una vena artística que quiso cultivar durante sus últimos años.

—¿Y qué impresión te llevaste de esa experiencia?

—Yo sentí que estaba en el centro de la historia del país. Pero después todo sería distinto. Luego ocurrió la fuga de La Catedral. En ese momento estalla la guerra de Los Pepes. Y en medio de esa tensión fue cuando pedí explicaciones. Mi mamá me contó lo que estaba pasando. Tuvo que explicarme la maldad de mis tíos, las cosas que habían hecho y la guerra que habían desatado. Por esos días me llené de ira. Aunque yo era una persona tranquila, tuve algunos episodios de violencia. Recuerdo que fue por esa época en que peleé con un compañero del colegio. Estaba haciendo un esquema de biología y este muchacho pasó y me empujó el brazo para dañarme el trabajo. En ese momento me quedé callado. Ahora pienso que yo estaba lleno de rabia por otras cosas, porque me sentía manipulado por mi papá, porque había vivido en un mundo irreal y, ahora, en medio de la persecución, me había enterado de todo y tenía miedo. Mientras le sacaba punta a mi lápiz para volver a empezar el trabajo, el niño que me había empujado hacía un rato se acercó para burlarse de mí. Me dijo que para qué me ponía bravo si al fin y al cabo no iba a ser capaz de hacer nada. Entonces saqué el lápiz del sacapuntas y se lo enterré en el pecho. Cuando vi lo que había hecho me asusté y retiré el lápiz. La sangre le empezó a manchar la camisa y ahí mismo lo llevaron a la enfermería. Entonces citaron a mi papá, quien frente al director de Bachillerato, me reprendió por lo que había hecho. ¿Por qué reaccionaba así? ¿Es que las cosas no se podían resolver de otra manera? Mientras mi papá hablaba, entró la mamá del niño al que había herido. Apenas entró empezó a gritar que eso era lo que a mí me enseñaban en esa familia de sicarios y mafiosos. Ahí hubo un altercado entre mi papá y la señora, y yo tercié gritando que si me volvía a joder le volvía a enterrar el lápiz. Mi papá me miró muy serio pero no dijo nada. Después, cuando ya estábamos solos, me regañó.

En ese momento de nuestra conversación se desgajó un aguacero descomunal. Detrás del ventanal, el agua parecía formar torbellinos y los truenos y los rayos nos obligaban a hacer pausas para poder oírnos. Era como si el cielo no quisiera que habláramos.

A pesar de la tormenta, la conversación siguió por un buen rato. En los años que siguieron, mi amigo tuvo que huir y esconderse, pero también aparentar normalidad. Las vacaciones de final de año de 1992, él y su familia se ocultaron en la costa, en un lugar apartado. Era una finca a la que no llegaba nada ni nadie, a duras penas la señal de la radio. Su papá, siempre intentando mantener tranquila a su familia, les pidió que volvieran a Medellín. Yo nunca me enteré de esa situación. “Cada persona es un océano —le dije a mi entrevistado—. ¿Quién iba a pensar que vos estabas viviendo eso mientras nosotros jugábamos Nintendo en nuestras casas?”.

—Sí —me dijo—. Y antes habían ocurrido otras muy duras también. Cuando estaba un poco más pequeño, una noche sentí a mi mamá alegando con alguien afuera de mi cuarto, pero yo estaba muy dormido y seguí descansando. Al otro día le pregunté a mi mamá, y me dijo que seguramente había tenido una pesadilla. Sin embargo, cuando esperaba el carrito que me llevaba al colegio todos los días, uno de mis amigos de la unidad me dijo: “Ahí pillaron a su papá. Se lo llevaron esposado esta madrugada”. Yo no sabía nada y le pregunté en la tarde a mi mamá pero ella me dijo que mi papá estaba en Bogotá. Más o menos un mes después mi papá regresó y me dio un regalo que supuestamente había traído de allá. Yo le dije que me habían dicho que se lo habían llevado esposado y ese día mi papá tuvo que contarme la verdad de lo que pasaba en nuestra familia.
El papá de mi amigo estuvo escondido casi dos años. Mientras me contaba, recordé que él mismo había faltado más de tres meses a clase. Toda la familia se había tenido que ir de la ciudad para evitar que los asesinaran. Los Pepes habían desatado una cacería demencial contra todo lo que oliera a Pablo Escobar. Mi amigo vivió aterrorizado esos meses y, justamente cuando fue a visitar a su papá a una ciudad de la costa en las vacaciones de fin de año de 1993, llegó la noticia que aparentemente los iba liberar de esa sensación de acechanza.

—Ese día íbamos en carro de una ciudad a otra. En ese momento dieron la noticia de que habían matado a Pablo. Mi papá se puso a llorar en silencio. Mi mamá entró en un estado de nervios tal que empezó a decir cosas que mi papá nunca hubiera dejado que yo oyera. “Ahora sí, ahora sí nos van a matar”, decía mi mamá.

A pesar del miedo de su madre, esa fue la circunstancia que permitió que la familia de mi amigo negociara su tranquilidad con Los Pepes. Su papá logró conseguir una cita con ellos y tuvo que sentarse frente a sus perseguidores para pedirles piedad. En ese momento ya habían matado a dos de sus hermanos. En esa reunión se enteró de todo lo que había pasado con ellos. Los Pepes dijeron que no tenían nada contra el papá de mi amigo, pero querían a su hermano mayor, el verdadero capo de la familia. Entonces negoció él por su hermano, a quien le exigieron volver a Medellín y entregarse a la justicia, además de “recogerlo”, que en la jerga mafiosa significa quitarle los bienes. Ese fue el episodio que pareció cerrar tantos años de desasosiego. El tío de mi amigo entró a la misma cárcel donde ahora se encontraba otro de sus hermanos, el que yo conocí cuando terminó de purgar su pena en 1997. A este último lo asesinaron pocos meses después de ese día en que lo vi en el colegio. Unos años después de que terminamos el bachillerato y dejamos de hablar, el tío que quedó en la cárcel cumplió su pena y salió del país.

—Por esos días en que mi tío salió de la cárcel —continuó mi amigo—, mi papá me sentó y me empezó a decir cosas que me asustaron pero que me parecieron exageraciones suyas. Me explicó cómo funcionaba la economía de la casa, qué teníamos, cuáles eran las cuentas y me dijo que no le debíamos un peso a nadie. Fue una tarde en la que me pasé muchas horas con él, anotando lo que me decía. Yo me asusté y le pregunté por qué me contaba esas cosas. Él respondió como si fuera algo sin importancia, me dijo que nadie tenía la vida comprada, que había que ser precavido. Yo le creí y no le di mucha importancia.

 

“How it pains to leave you here with the kids on your own”
—Habían pasado como quince días después de que mi papá me dijo todas esas cosas —prosiguió mi amigo—. Ese día yo estaba estudiando con unos compañeros en la universidad. En algún momento, cuando contaron algo que le había pasado a alguien más, yo dije: “A uno le cambia la vida en un segundo”. En ese momento, un frío me recorrió el cuerpo. No dije nada pero lo sentí con mucha intensidad. Fue entonces cuando me llamaron y me dijeron que a mi papá se lo habían llevado. ¿Quién, dónde, por qué? Ya habían pasado esos años, yo estaba seguro de que todo eso ya había pasado. Me fui de inmediato a buscarlo, a preguntar en todas partes, a intentar descifrar de qué se trataba. Me sentí vulnerable, no sabía qué hacer, a quién recurrir. En medio del desespero llamé a amigos de mi papá que conocían ese ambiente turbio, pero lo único que me dijeron fue que debía ir a la Policía. Me habían dicho que los que se lo llevaron tenían unos brazaletes y eso me hizo pensar que podían ser del DAS o de algún cuerpo oficial. En la Policía me dijeron que no había ninguna orden con respecto a él. Entonces un amigo de mi papá me dijo: “Eso son los bandidos. Vamos donde ellos”. Allá estuvimos, en una oficina de Envigado. El jefe me dijo que no sabía nada, que le parecía muy raro, se hizo el güevón. Según él, se trataba de un secuestro. Otro amigo de mi papá me recomendó ir al Gaula. Entonces fui y me atendió una teniente que empezó a darme instrucciones. “¿Secuestro? —pensaba yo—. ¿Qué es esta pesadilla?”. Esa noche no dormí nada. Me acuerdo que llamaron a la casa. Al otro lado de la línea empecé a oír jadeos, y yo grité: “¡Papi, papi, papi!”. Entonces colgaron. Llamé al Gaula y les conté. Ellos me dijeron: “No se preocupe, ellos llaman en otros ocho o quince días”. El secuestro sí tiene que ser muy bravo. Yo al menos sé qué pasó, la gente que tiene familiares secuestrados debe esperar sin saber nada. Al otro día fui a Derechos Humanos. Un señor me atendió. Me preguntó todos los detalles, cómo era, cómo se lo habían llevado. El funcionario empezó a hacer una cara que me desesperó. Entonces fue más insistente en preguntarme cómo era mi papá. Varias veces quiso saber si era pecoso. Yo me imaginé una persona con la cara llena de pecas y mi papá no era así. No lo asocié con las pecas que tenía en la espalda, por el sol. El hombre miraba una hoja que tenía en frente. Al fin se decidió y dijo: “Yo tengo aquí la descripción de una persona. Se la voy a leer y si usted cree que es su papá le quiero confirmar que está muerto. Apareció en El Retiro, asesinado por asfixia mecánica”. El señor empezó a leer y yo a reconocer la ropa que le había regalado el Día del Padre: “Pantalón Docker’s café, camisa a cuadros roja y botas Gambinelli de cierre”. El mundo se me vino encima. Golpeé el escritorio del funcionario con el puño y rompí el vidrio que había encima. Maldije a todos, me derrumbé. Mi papá estaba muerto.

En ese momento supe que sí había visto a mi amigo después de salir del colegio. Fue en el funeral de su padre. Él no recuerda haberme visto, pero yo fui y lo vi, siempre cerca del ataúd. No paraba de llorar. Yo salí silencioso y no volví a saber de él hasta el día en que hice esta entrevista.

—El día que encontré muerto a mi papá recibí la llamada de mi tío mayor. Estaba fuera del país, escondido desde que salió de la cárcel. “¿Qué hago?”, me dijo. Yo no supe qué responderle. Quince días después, dos sicarios encontraron a mi tío en su escondite y lo acribillaron. En ese momento pensé: “Sigo yo, soy el que sigue”. Me llené de angustia, mi mamá dejó de hablar y entró en shock. Al otro día de la muerte de mi tío, el hombre fuerte del bajo mundo en Medellín me mandó decir que quería hablar conmigo. Fue cuando llamé a los amigos de mi papá para que me recomendaran qué hacer. ¿Debía ir? ¿Me iba a hacer algo? Ellos llamaron a otro señor que se movía en las sombras y él les dijo que me recomendaran ir, que no iba a pasar nada. El tipo solo quería explicarme lo que había pasado. Entonces fui. Era una oficina como cualquiera, nadie pensaría que ahí pasa algo. Me recibió un ayudante del duro con el que me iba a sentar. Me pidió que esperara. Después de un rato entró el asesino de mi papá con otros dos acompañantes. Todos iban armados y pusieron las pistolas encima del escritorio. El jefe tenía una camiseta, una cadena de oro, bluyines y tenis. Era un hombre de unos cincuenta años. Yo pensé mil cosas, quise tirármele encima, matarlo ahí mismo. También pensé que me iba a matar o que me iba a “recoger”. Entonces empezó a hablarme como si no hubiera pasado nada. “Oiga, usted sí es igualito a su papá, ¿no?”. “Sí, señor, eso dicen”, le respondí. El tipo siguió: “Hermano, lo de su papá fue una orden de arriba. Su papá fue un hombre caro, costoso. Sus tíos hicieron muchas cagadas, ¿y sabe qué? Yo todavía estoy enguayabado de la rumba que me eché, casi que no mato a ese hijueputa de su tío”, me dijo. El hombre me contó toda la historia de su odio y yo me puse en su lugar, y también le tuve lástima. Cuando mi tío estaba en lo más alto de su poder criminal, iba todo el tiempo a la casa del hombre que ahora tenía enfrente. Su hermano menor trabajaba con mi tío y hacían rumbas en esa casa con toda la familia, menos con el asesino de mi papá, que para ese entonces era una persona normal. Poco tiempo después, su hermanito estaba muerto y su padre, adicto al bazuco. Este señor había jurado vengarse y había escalado en la mafia solo para poder matar al hombre que había destruido su vida. Después de contarme todo, los ojos se le encharcaron e hizo una mueca que estaba a medio camino entre la risa y el llanto. Yo no sé de dónde saqué fuerzas y le dije: “Mire, yo lo entiendo a usted, ya todos están muertos y eso no puede solucionarse. Solo le quiero pedir que, por favor, me asegure que esto ya va a parar. ¿Qué más necesitan ustedes de mí y de mi familia para que esto pare?”. El hombre se quedó mirándome y me dijo: “Yo ya descansé. Quédese tranquilo que ya las cosas están solucionadas”.
“Before I desappear whisper in my ear”
Mi amigo parece tranquilo ahora. Es profesional de una de las mejores universidades del país y trabaja en una gran empresa. Fui a su casa para hablar de lo que había significado pertenecer a una familia estigmatizada, pero, después de oír todo lo que me contó, la intención inicial me pareció una tontería. Mi amigo es un valiente, una persona que ha debido enfrentar cosas que la gente normal no se imagina siquiera que existan. Ahora, de alguna manera, carga con todo lo que hicieron sus tíos y su papá, pero no se queja.

Sin embargo, cuando le pregunté por su vida ahora, mi amigo aseguró que no está cómodo. Debe autocensurarse para no dar lugar a conflictos que puedan terminar descubriéndolo ante sus jefes y compañeros de trabajo. No quiso aceptarlo, pero yo creo que debe ser muy duro vivir sin poder destapar todas las cartas. Cuando le pregunté si nunca había considerado la posibilidad de contarles a todos en su empresa quién era su papá, quiénes habían sido sus tíos, me aseguró que no, que estaba convencido de que no iban a aceptarlo. Yo le dije que pensaba que todos valorarían su entereza.

Mi amigo asistió a terapias psicológicas para intentar afianzarse en la vida formal, la del trabajo y los negocios, pero no lo ha logrado. “A veces sueño con decirle a la gente todo lo que me ha pasado y todo lo que he logrado”, me dijo.

Al día siguiente transcribí la entrevista en medio de los libros viejos de mi papá. Mientras lo hacía, sentí que Medellín otra vez me asfixiaba, como en 1997. Una prima se había ofrecido a llevarme al aeropuerto y ya se acercaba la hora. Me bañé, tendí la cama y empaqué mi maleta. Cuando salí de mi casa, camino al aeropuerto, le conté a mi prima lo que estaba sintiendo. Cuando nos despedimos, me miró y me dijo: “Igual te vas triste”. Le dije que sí con un gesto. En la sala de espera pensé en mi hijo, en su alegría, en su mirada limpia que solo ha visto cosas buenas. Y pensé que no quería separarme de él nunca, ni un instante, ni de su madre, las fuentes de mi felicidad. Antes de abordar, pensé también en mi papá, el germen de toda esta historia. Fantaseé con decirle mil cosas que estaba sintiendo, cosas que siempre quiero decirle pero que nunca he podido.

Y pensé en mi mamá, en el origen, en la mujer más bonita del mundo. Entonces entendí que todo había valido la pena, que tal vez ahora era más fuerte y estaba más orgulloso de ser quien era. Abordé el avión y me puse los audífonos de mi iPod. Busqué The end, de Pearl Jam, la canción que me regaló los subtítulos de esta historia, y la repetí durante todo el viaje.