EL DIA QUE MUERE PABLO ESCOBAR

El señor de las drogas
El día que murió Pablo Escobar se cerró el ciclo de la violencia narcoterrorista. Ese nombre alcanzó fama universal por su sorprendente inteligencia para la maldad.

Por La redacción de SEMANA*
Diciembre 2 de 1993

Cinco minutos antes de las 3 de la tarde del jueves 2 de diciembre de 1993, el Ministro de Defensa, Rafael Pardo, se disponía a iniciar las actividades en su oficina, después de un debate en el Congreso, cuando el teléfono de su oficina sonó. Era el subdirector de la Policía Nacional, el general Octavio Vargas Silva: “Cayó Escobar” -le dijo-.

Pardo llamó al presidente César Gaviria y le dio la noticia: “Acaba de caer Escobar”. A esa misma hora en Washington, el presidente estadounidense Bill Clinton concluyó una reunión en la Casa Blanca y al dirigirse al despacho oval, un funcionario del Consejo Nacional de Seguridad le entregó un pequeño memo preparado por la oficina de la CIA en Bogotá. La noticia de que uno de los hombres más peligrosos del planeta había muerto ya le había dado la vuelta al mundo.

El desenlace de la historia de Pablo Escobar se había iniciado 15 días antes, cuando el capo adquirió, por intermedio de un testaferro de su organización, la residencia de la calle 79A No. 45D-94, en el sector de Los Olivos, un barrio de clase media cerca del estadio de fútbol Atanasio Girardot, en Medellín. La residencia de dos pisos había sido ubicada por el propio Escobar en desarrollo de su angustiosa costumbre de andar comprando casas por diferentes zonas de Medellín para construir allí caletas y esconderse, lo que explica su manía de reunir decenas de recortes de avisos clasificados del periódico El Colombiano en el fólder que cargaba para arriba y para abajo desde hacía meses, con sus cartas, apuntes y documentos.

Escobar se mudó en la tercera semana de noviembre. Llegó a la casa una noche en un taxi Chevette amarillo en compañía de Alvaro de Jesús Agudelo, apodado ‘el Limón’, pero tal y como se lo aconsejaban sus normas de seguridad, poco permanecía en ella.

Consciente de que sus llamadas telefónicas eran monitoreadas por el grupo de inteligencia y telecomunicaciones del Bloque de Busqueda, realizaba casi más llamadas para despistar que aquellas que realmente necesitaba hacer. Se movía por varias zonas de la ciudad con un teléfono inalámbrico de muy largo alcance y potencia, que no era otra cosa que una extensión de un aparato fijo que también era cambiado de lugar constantemente por los hombres de Escobar. Esto explica que muchas veces los hombres del Bloque rastrearan una llamada del jefe del cartel de Medellín gracias a la intercepción de las líneas telefónicas locales, y terminaran allanando una casa donde efectivamente hallaban un receptor telefónico con su antena extendida al máximo, pero no encontraban ni el auricular ni a Escobar.

Estas tareas de contrainteligencia del capo exigían de él una disciplina a toda prueba que implicaba que pensara continuamente en producir señales falsas sobre sus desplazamientos, como hacer llamadas por el teléfono inalámbrico desde diferentes sitios de la ciudad y en constante movimiento. Para ello necesitaba dedicar su mente casi exclusivamente a estos asuntos, algo que se le estaba volviendo cada vez más difícil debido a que una creciente preocupación copaba su tiempo y su cabeza: la seguridad de su familia.

Su esposa María Victoria y sus dos hijos Juan Pablo y Manuela estaban en la mira de todos sus enemigos, y en especial del grupo de ‘Los Pepes’, ese nombre tras el cual se unieron todos los adversarios de Escobar en el mundo del narcotráfico y el paramilitarismo.

De ahí que él estuviera obligado a pensar cada vez más en sacar a su familia del país, y menos en protegerse del Bloque de Busqueda, despistándolo con sus llamadas telefónicas móviles.

Esta desesperación llegó a su clímax el domingo 28 de noviembre, cuando las autoridades alemanas de inmigración le negaron la entrada a ese país a la esposa y a los hijos de Escobar. Fracasaba así el que a la postre sería el último intento del jefe del cartel por ubicar a su familia en un lugar seguro. Desde ese momento, la suerte de Pablo Escobar quedó echada.

Al regresar su familia a Bogotá para ser instalada en Residencias Tequendama bajo protección de la Policía -la institución que con mayor ferocidad había combatido a Escobar en los últimos años- el jefe del cartel se desesperó. Mientras millones de colombianos expresaban su indignación por el despliegue de tropa destinada a proteger a los Escobar y por las comodidades de que estaban gozando, el jefe del cartel tuvo en claro que su esposa y sus dos hijos estaban encerrados en una trampa cuya presa sería él mismo. Por ello, perdió definitivamente la calma y comenzó a cometer errores.

A partir del lunes hizo un total de seis llamadas a Residencias Tequendama. En los sótanos de la escuela Carlos Holguín, sede del Bloque de Búsqueda en Medellín, el rastreo de la llamada por el sistema de triangulación radiogonométrica operado desde hacía 14 meses y casi sin descanso por una joven oficial de la Policía pudo ubicar el lugar desde donde Escobar estaba hablando. De inmediato se desató un operativo del Bloque. Como la ubicación del lugar donde se suponía estaba Escobar parecía tan exacta, la decisión de los hombres del Bloque fue la de enviar un grupo tipo comando, con los 17 mejores hombres de la organización. A las 2:35 de la tarde llegaron al sector de Los Olivos tres furgones del Bloque de Búsqueda. Al acercarse a la zona, desde una camioneta color crema que siempre acompañaba a los agentes y soldados, los equipos electrónicos ofrecieron una confirmación aun más precisa del origen de emisión de las llamadas -la casa adquirida por Escobar 15 días antes-, pues éste seguía hablando por teléfono, esta vez al parecer con un periodista a quien le estaba respondiendo un cuestionario.

El jefe del cartel acababa de almorzar un plato de espaguetis, se había quitado los zapatos y había decidido realizar su llamada telefónica mientras descansaba en su cama. A su interlocutor le dijo: “Espérate que oigo algunos movimientos raros allá afuera”. ‘el Limón’, su guardaespaldas de los últimos días, se asomó a la ventana en el momento mismo en que los hombres del Bloque se acercaban a la puerta por el frente de la casa.

En un acto de desesperación y entrega para con ‘el Patrón’, Agudelo salió a la calle disparando su pistola 9 milímetros, en una maniobra que pretendía distraer al comando uniformado, y darle la oportunidad a Escobar de escapar por la parte trasera de la casa. La maniobra no alcanzó a funcionar: ‘el Limón’ cayó abatido en cuestión de segundos en el antejardín, mientras Escobar saltaba desde una ventana del segundo piso hacia el tejado de barro de la casa vecina.

Pero allí lo esperaban dos hombres del Bloque, Escobar comenzó a disparar hasta agotar 12 de las 13 balas que llevaba en su Sig Sauer 9 milímetros, pero no logró escapar. Los dos efectivos del Bloque dispararon con gran precisión. Tres tiros atravesaron la cabeza de Escobar. Dos balas más se alojaron en su pierna derecha, otra en el muslo izquierdo y una más arriba de la cadera.

Por más increíble que pareciera, Pablo Escobar Gaviria había sido abatido por el Bloque de Búsqueda en un operativo de no más de 15 minutos mientras el país intentaba curarse de las heridas que dejó más de una década de terror. A Pablo Escobar se le recordará como hombre capaz de matar a un policía que lo detenía en la calle; al juez que lo mandaba a la cárcel; al militar que le quemara un laboratorio; al periodista que denunciara su poder de corrupción. Su poder estaba basado en la cocaína y la muerte. Muchos pensaron que con Escobar morían los carteles, el narcotráfico y el crimen organizado. Pero el día que murió Escobar empezó a incubarse un nuevo enemigo. Carlos Castaño y Diego Murillo ‘Don Berna’, por mencionar sólo algunos, quienes fueron activos miembros de ‘Los Pepes’ y contribuyeron a la muerte de Escobar, poco tiempo después emularían sus métodos de terror desde el paramilitarismo.

EMOTIVO FUNERAL DE ESCOBAR
Publicado el 04/Diciembre/1993 | 00:00

Medellín. 04.12.93. Miles de personas se aglomeraron hoy en el
cementerio Jardines Montesacro para dar el último adiós al
narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, mientras su familia lo
despidió con música y flores.

Un mariachi entonó esta madrugada ‘El Rey’, la célebre ranchera
de José Alfredo Jiménez, quizá para recordar que el difunto reinó
durante más de una década en el bajo mundo de las drogas.

A los jardines de Montesacro de Itagui, al sur de Medellín,
acudieron gentes de todas las condiciones sociales, en una
interminable romería. La policía calcula que unas 20 mil personas
acudieron a ver el féretro que reposaba junto a su fiel
guardaespaldas Alvaro de Jesús Agudelo, alias ‘El Limón’, que
murió ayer intentando salvar a su ‘patrón’ cuando un comando
policial tomó por asalto la residencia en donde vivía oculto.

‘Estamos asistiendo a un momento histórico’, dijo a la AP
Héctor Gallego, actor de teatro de 30 años, que pugnaba por
entrar a la pequeña sala de velación al señalar que Escobar
Gaviria ha entrado ya a la galería de los hampones mas famosos
del mundo como Al Capone, Lucky Luciano o Dillinger.

Escobar Gaviria era admirador de los gangsters. Una foto suya con
la indumentaria de Al Capone le he dado la vuelta al mundo.

El actor era un mero observador, pero entre la multitud había
gente humilde que quizás alguna vez recibió las dádivas del jefe
del cartel de Medellín.

Escobar Gaviria construyó decenas de viviendas para albergar a
los marginados que ganaban el sustento escarbando los desechos de
la basura en el sur de Medellín.

La revista Semana lo llamó algunas vez ‘El Robin Hood
Colombiano’ porque utilizaba parte del dinero adquirido con la
explotación del vicio de la droga en los países ricos para
auxiliar a los pobres.

‘El ayudó a la gente’, dijo Doria Villada, una joven humilde de
20 años que llegó al cementerio con el ánimo de ver el cadáver
del legendario bandido. ‘Claro que también hizo mal’, agregó.

Marta Martines, de 45 años, paralítica de nacimiento llegó en
muletas al cementerio. ‘Vine por curiosidad. Era un hombre
importante’, comentó.

Mientras la gente continuaba llegando, varias unidades de la
policía militar tomarán posiciones estratégicas, poniendo el alto
sus fusiles.

Todos los dolientes, curiosos y periodistas fueron objeto de
minuciosa inspección. También los automóviles y los ramos de
flores que llegaban periódicamente. Había el temor de que alguien
pudiera entrar armado al cementerio.

La familia de Escobar Gaviria, encabezada por su madre Hermilda,
estaba al frente de la situación e impartía ordenes.

Muchos periodistas no pudieron ingresar a la sala de velación.
Para los periodistas extranjeros había una terminante
prohibición: no podían ingresar porque ningún país les otorgó
asilo a Maria Victoria Henao, la esposa del zar de la droga, y a
sus hijos Juan Pablo y Manuela.

De vez en cuando la multitud lanzaba vivas a Escobar Gaviria.
Alguien colocó sobre el ataúd la bandera del Atlético Nacional,
uno de los equipos de fútbol más importante de Colombia. Escobar
Gaviria era aficionado al fútbol y dueño de los pases de algunos
de las estrellas del balompié colombiano.

Para la mayoría de los 2,5 millones de habitantes de Medellín la
muerte de Escobar Gaviria constituye un alivio y la perspectiva
de una nueva era de paz.

‘La gente está contenta y satisfecha porque finalmente la
justicia, aunque cojeó durante mucho tiempo, por fin llegó para
castigarlo’, manifestó Arturo Gallego, chofer de taxi que una
vez escapó ileso de la explosión de un automóvil dinamitado en
una calle de Medellín.

Los habitantes de Medellín reaccionaron anoche con cautela y se
refugiaron temprano en sus viviendas. ‘Anoche no hubo casi
trabajo porque había muy poca gente en las calles’, dijo
Gallego.

Había temor de que los amigos del jefe del Cartel de la droga
intentaran acciones terroristas de represalia. La policía reportó
apenas tres muertos en riñas por embriaguez. Un viernes o un
sábado el índice de muertos supera los 30. (AP) (8A)

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