Escobar y El Espectador: Medellín en los años del horror


06 de julio de 2012 • 13:22

”Teníamos la certeza de estar haciendo una labor importante para el país y ninguno de nosotros contemplarnos siquiera la posibilidad de dejar todo por muy duro que fuera”, asegura María Cristina Arango de Tobón sobre aquella época. Foto: Juan Carlos Millán / Terra Colombia

”Teníamos la certeza de estar haciendo una labor importante para el país y ninguno de nosotros contemplarnos siquiera la posibilidad de dejar todo por muy duro que fuera”, asegura María Cristina Arango de Tobón sobre aquella época.
Foto: Juan Carlos Millán / Terra Colombia

Juan Carlos Millán Guzmán

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María Cristina Arango de Tobón comenzó su vinculación a El Espectador en 1966, periódico en el que por aquella época tuvo la oportunidad de trabajar para la edición vespertina elaborando crónicas y reportajes sobre los más variados temas siendo todavía estudiante de la Universidad Javeriana de Bogotá; ciudad que decide dejar para radicarse en su natal Medellín durante la época más violenta que quizá hayan vivido la región de Antioquia y el país en general, por cuenta de Pablo Emilio Escobar Gaviria: el mal hecho persona.

Debido al limitado margen de acción profesional en materia de Comunicación Social y Periodismo que ofrecía para aquél entonces la capital antioqueña, luego de casarse y vivir un año en Urabá, María Cristina desempeña un sinfín de trabajos no necesariamente relacionados con su oficio hasta que tras encontrarse un día con Amparo Hurtado de Paz, antigua compañera de labores en el diario, la invita a ocupar su plaza como corresponsal cultural en Medellín debido a que tenía planeado radicarse en Miami.

Corría el año de 1978 y tras una Fugaz entrevista con don José Salgar, María Cristina de inmediato es incorporada a la plantilla como corresponsal del diario bogotano, así como a la de una separata especial dedicada al departamento de Antioquia que terminó siendo clausurada por las fuertes presiones de las que comenzó a ser objeto el medio por parte del poderoso Grupo Grancolombiano, como retaliación a las gravísimas denuncias sobre malversación de fondos adelantadas en su contra.

”La mayoría de la pauta publicitaria fue cancelada porque los bancos y compañías crediticias que hacían parte del Grupo también ordenaron negar cualquier tipo de crédito a todas aquellas empresas que anunciaran en El Espectador”, recuerda la periodista quien observaba con impotencia como desaparecía la sección; de manera que tras salir de la nómina queda a cargo de una columna que aparecerá en la edición nacional  sobre acontecimientos culturales que escribirá hasta 1997 como parte de lo que ella misma denomina como un ”contrato moral”.

LOS AÑOS DEL HORROR

De acuerdo al recuerdo que tiene María Cristina de aquella época, de El Espectador y compañeros de trabajo con los que tuvo el orgullo de trabajar, se trataba de personas con una ética y responsabilidad increíbles que en lo que a atañe a los corresponsales judiciales trabajaban con una discreción y sigilo que ni siquiera una persona tan allegada a ellos tenía conocimiento de gran parte de sus investigaciones.

El narcotráfico y los denominados ”varones de la droga” comenzaban a florecer en distintas capitales, impregnándolo todo con su dinero, de manera que en su calidad de corresponsal cultural para María Cristina ya no resultaba extraño ver un crecimiento desmesurado de algunas galerías de arte, resultado no tanto del recién  adquirido gusto de muchos mafiosos por comprar obras de arte como el de hacer de estas empresas unas prósperas empresas gracias a las cuales también se adelantaba el blanqueo de parte de sus cuantiosos capitales.

”Cuando me enteraba que alguna de esas galerías estaba relacionada con esa gente yo no publicada nada, y cuando se comenzaron a ofrecer esas fiestas tan extravagantes también tenía mucho cuidado, de manera que todos nos veíamos obligados a adelantar un trabajo de investigación muy intenso, así como a mantener un bajo perfil que hiciera nuestro trabajo muy discreto”, comenta respecto a la situación que se vivía en aquellos primeros años de la década de los ochentas.

Un hombre conocido como Pablo Escobar comenzaba a recorrer los sectores más deprimidos de la ciudad como parte de un programa conocido como ”Medellín sin tugurios”, que los periodistas de El Espectador dejaban de lado debido a las versiones que comenzaban a circular respecto a la procedencia de los dineros que el futuro capo entregaba a manos llenas, a la par que las secciones de judiciales y política se dedicaban a proseguir con sus investigaciones con destino a la redacción de Bogotá.

”Recuerdo que había un sacerdote, nunca supe cómo se llamaba, que trabajaba con sectores populares e iba mucho a la sede del periódico y creo que él fue un buen informante de las cosas que pasaban para que la gente en Bogotá supiera”, afirma María Cristina, para destacar el papel que cumplió la redacción de Medellín una vez que Escobar logró una curul en el Congreso de manera que el equipo liderado por don Guillermo Cano pudiera comenzar a atar los primeros cabos respecto a la verdadera identidad del ”Honorable Parlamentario”.

LA INFAME CACERÍA

Fundado en Medellín hacía poco menos de un siglo y pese a su posterior traslado a Bogotá, El Espectador contaba con muy buenos amigos y personas que desde el anonimato o cargos de importancia como el del gobernador Jaime R. Echavarría, apoyaban de manera discreta la peligrosa actividad periodística adelantada durante aquellos oscuros años por un puñado de reporteros y fotógrafos.

Las denuncias del diario tuvieron como consecuencia que hacia 1985 Pablo Escobar y el Cartel de Medellín decidieron emprender una sangrienta arremetida contra el diario en el que las amenazas de todo tipo estuvieron a la orden del día hasta la noche del 17 de diciembre de 1986, fecha en la que don Guillermo Cano era asesinado al salir de un periódico cuya totalidad de empleados se mantuvieron fieles a una causa por la recuperación de la institucionalidad del Estado que veían como propia.

Nadie nunca llegó a imaginarse una retaliación tan salvaje contra un hombre que se había dedicado a liderar una campaña de pública denuncia de lo que todo el mundo sabía y comentaba desde hacía tiempo, armado de una máquina de escribir y su Libreta de apuntes pese a su carácter de hombre tímido y en extremo reservado, pero quien sin embargo era reconocido como una persona de trato afable para con el equipo de colaboradores que trabajaban a su lado.

”Nunca me llegó a decir no hable de esto, o no toque este tema, o no aborde eso. Nada, yo siempre tuve toda la libertad para escribir lo que fuera y así era con todos; de una confianza y un apoyo constante para con su gente, además de un soporte moral inigualable porque a través de sus libretas de apuntes uno lo que veía era la realidad del país”, recuerda María Cristina de quien fuera un maestro y ejemplo para el resto de sus compañeros.

”¡Seguir adelante!”, fue la única instrucción que reciben los colaboradores habituales de El Espectador por parte de don José Salgar, sumada a la entereza desplegada por don Alfonso Cano en su calidad de gerente general, doña Ana María Busquets de Cano y sus hijos, quienes contrario a lo que pudiera imaginarse deciden continuar con sus cabezas y la guardia en alto, prueba de una solvencia moral que nadie ha podido superar hasta la fecha.

Ejemplo seguido por la totalidad de editores, redactores y reporteros quienes pese a las cada vez más difíciles y adversas condiciones de trabajo nunca claudicaron ni tiraron la toalla, y por el contrario solían quejarse de las obvias limitaciones de espacio que imponía el formato del impreso para dar detallada cuenta de sus continuas denuncias y rigurosas investigaciones.

”Teníamos la certeza de estar haciendo una labor importante para el país y ninguno de nosotros contemplarnos siquiera la posibilidad de dejar todo por muy duro que fuera”, asegura María Cristina, quien echa de menos la mística de aquellos años compartida por todos desde la señora del aseo pasando por la totalidad de periodistas hasta los más altos cargos a nivel ejecutivo, todos.

MÁQUINA DE GUERRA

El asesinato de don Guillermo además estuvo acompañado por el de la periodista Amparo Hurtado de Paz, su esposo e hija, en hechos que la antigua compañera y colega no duda en relacionar con investigaciones que ella pudiera estar adelantado respecto a la actividad de algunos narcotraficantes colombianos en Estados Unidos y particularmente en la ciudad de Miami; situación que era un golpe adicional para la redacción de Medellín en la que la periodista había trabajado a lo largo de años.

Aceitada con la sangre de cientos de colombianos, la máquina de guerra e intimidación de Escobar y compañía comienza entonces a orientar su bien calculada actividad a cerrar toda posible fuente de ingreso y patrocinio hacia el emblemático periódico amedrantando a todas las compañías que pudieran seguir interesadas en pautar en sus páginas, haciendo de la gestión de Martha Luz López, encargada de la sección comercial, un tarea titánica.

Labor que sumada a las dificultades que tenía la persona a cargo de la circulación del diario en Medellín y Antioquia, Miguel Soler, hacían que la lectura de El Espectador en esa región del país fuera un milagro diario, puesto que como se recordará la ciudad estaba prácticamente sitiada y las ediciones eran recogidas y destruidas no bien arribaban a los diferentes quioscos y puntos de venta, de manera que los únicos que terminaban teniendo acceso a ella fueran sus abonados a suscripciones particulares.

”¿Qué hace uno con un periódico sin pauta y circulación suficiente?”, se pregunta la también experta en materia de los cientos de diarios que tuvo la región, como parte de una investigación realizada con posterioridad a su salida del diario bajo el título de “Publicaciones periódicas en Antioquia. Del chibalete a la rotativa” editado por la universidad Eafit.

Pese a que la situación era crítica el diario continuaba circulando y denunciando la actividad criminal de Escobar, el Cartel de Medellín, y sus vínculos cada vez más estrechos con algunos de los miembros más distinguidos del establecimiento, de manera que el 10 de octubre de 1989 y con tan solo una hora de diferencia son asesinados a la entrada de sus respectivas residencias el consignatario y la encargada de conseguir la publicidad, empeñados en permitir seguir sobreaguando al diario.

ENTRE EL MIEDO Y EL CORAJE

Llevados al límite de sus fuerzas, la redacción estaba como enloquecida y sin saber qué hacer, en la medida que a partir de entonces no era difícil comprender que cualquier persona vinculada a El Espectador podía considerarse como blanco de la tenebrosa y efectiva estructura militar del Cartel de Medellín.

Como una de las empleadas más antiguas y de la entera confianza de los directores Fernando y Juan Guillermo Cano, María Cristina recibe la orden imperiosa de enviar a todos los empleados a sus casas y cerrar la oficina hasta nueva orden, como si presagiaran una catástrofe de peores consecuencias y ante una la avalancha de amenazas en contra de los que insistían en quedarse y continuar adelante.

”¿Ustedes siguen trabajando con ese periódico de porquería?”, preguntaba una voz anónima al otro lado de la línea, ”¿Es que no les da miedo?, ¿se cree muy berraca? Pues para usted también hay”, continuaba en tono colérico el anónimo sujeto.

Y sin embargo, en un nuevo acto de valor y firmeza como tantos de los que dieron los periodistas y colaboradores que trabajaron para El Espectador en esa época, la totalidad de la plantilla decidió hacerse presente en las exequias de los dos compañeros asesinados.

Con cierta incertidumbre pero sin un ápice de miedo, María Cristina toma las riendas de la administración de la seccional a solicitud de los Cano, no obstante a que debido a una imprudencia de un colega de otro medio su nombre salta a la palestra pública como la persona con la que habló el sujeto que llamaba a la redacción con el fin de intimidarlos en la edición nacional del noticiero radial de la noche.

EN LA BOCA DEL LOBO

Hasta ese momento María Cristina había podido ser la señora encargada de repartir los tintos o una de las secretarias, pero ahora estaba plenamente identificada como la corresponsal de la sección cultural, debido al afán de sacar una chiva a partir de un episodio tan trágico como el asesinato de dos compañeros de trabajo.

Situación que sin embargo propició el respaldo irrestricto del gobernador, gracias a cuya gestión se les abrieron la puertas del prestigiosos Club Unión para que la totalidad de los colaboradores, fotógrafos y periodistas del diario pudieran reunirse allí  y continuar recibiendo sus sueldos.

A los pocos días llega una persona de Bogotá encargada de cancelar el arriendo de la casa que ocupaba la redacción, para trasladar la operación a una oficina más pequeña ubicada en el centro de Medellín que durante algún tiempo se ve obligada a funcionar de manera prácticamente clandestina bajo la fachada de una empresa de contadores, haciendo que los trabajos de corresponsalía debieran ser enviados desde otros lugares, de nuevo gracias a la colaboración de personas amigas.

Nadie, ni siquiera el portero, sabía quiénes eran esas personas que continuamente entraban y salían del anónimo edificio donde al cabo de unos meses se descubrió que también se escondía un narcotraficante que fue ultimado ahí mismo por un ”ajuste de cuentas”.

Por aquellas extrañas paradojas de la vida, con el sufragio bajo el brazo, una ciudad sitiada por el miedo y el terror en la que los narcotraficantes eran amos y señores, los amenazados periodistas habían ido a parar literalmente a la boca del lobo; de manera que casi de inmediato se decide un nuevo traslado a una oficina plenamente identificada con el tradicional cabezote del diario situada en el barrio Laureles.

Atrás quedaba la bomba que acabó con las instalaciones del diario el 2 de septiembre de 1989 así como el hombre que tras su muerte solo deja un trágico legado de desolación y muerte, cuyas terribles consecuencias aún hoy padece un país que durante décadas vivió presa del miedo y temor colectivos.

”A El Espectador no le interesaba que Pablo Escobar muriera o viviera, sino que el país por fin se diera cuenta del daño que se le estaba haciendo y de la manera como el narcotráfico había logrado penetrar a todas las capas sociales”, puntualiza María Cristina quien personalmente hubiera preferido que se le hubiera capturado vivo para que se hubieran logrado mayores avances en las investigaciones y pagara por todos los delitos cometidos en vida.