La historia negra del fútbol nacional:

Futbolred.com

pablo_escobar_futbol_narcotraficoLos vínculos entre el fútbol y el narcotráfico no son nuevos, se remontan a finales de los 70’s con el interés en la pelota de los nacientes capos como Pablo Escobar.
La situación de Santa Fe con dineros ilegales vuelve a despertar uno de los capítulos más oscuros en el balompié colombiano. El rojazo no es el primer club que tiene este lunar, ni el último…

La operación Cuenca del Pacífico dejó un señalamiento inesperado. En medio de la captura de sospechosos y de la confiscación de varios millones de dólares, salió el nombre de Independiente Santa Fe como beneficiario del dinero del narcotráfico.

La situación, por supuesto, ha generado todo tipo de reacciones. En el club piden que los investiguen para aclarar todo, algunos hinchas asumen que todo es cierto y se muestran decepcionados, otros ven con temor que su equipo puede terminar en la ‘Lista Clinton’ con todos los problemas financieros que eso puede implicar y, lo más curioso, muchos seguidores de otros equipos señalan ahora a sus rivales y los acusan de “mafiosos” recordando los años recientes de bonanza cuando el rojazo llegó a ser denominado por un sector de la prensa como el “Ferrari”.

Lo cierto es que en el fútbol colombiano casi nadie puede tirar la primera piedra al hablar de vínculos con el narcotráfico, pues esto ha sido el mayor lunar de nuestro campeonato profesional en los últimos 30 años.

América en ‘Lista Clinton’, Millonarios bajo la égida de la Dirección Nacional de Estupefacientes, los ex dirigentes del Medellín que fueron capturados hace poco, el asesinato del manager general de Envigado, los vínculos de los paramilitares con el Pereira… es una historia negra que el mundo del fútbol trata de ignorar en parte por vergüenza y en parte porque esa relación entre mafia y clubes es la que tiene a la gran mayoría de estos últimos en la peor crisis económica de su historia.

Por eso, porque no ha sido sólo un pecado de Santa Fe, América, Millonarios o Medellín, para hablar de los casos más famosos, Futbolred le cuenta eso que nadie más quiere contar: cómo empezó esta oscura historia entre el fútbol y el narcotráfico que en los últimos años se trasladó también al paramilitarismo.

¿Cómo entraron los narcos al fútbol?

El 21 octubre de 1983 el entonces Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla le dijo a todos los medios nacionales e internacionales que “los equipos de fútbol profesional en poder de personas vinculadas al narcotráfico son Atlético Nacional, Millonarios, Santa Fe, Deportivo Independiente Medellín, América y Deportivo Pereira”.

Era la primer vez que alguien hacía una denuncia pública con nombres propios de lo que todos murmuraban desde hacía años: que dineros sucios estaban entrando al fútbol de la mano de personajes que habían aparecido repentinamente en las élites regionales con cantidades de plata que no podían tener una justificación legal. Era la primera vez, además, que el gobierno hacía algo en contra de los narcotraficantes a quienes no había logrado atacar en otros frentes. El fútbol era su punto débil.

El problema había aparecido a mediados de los 70’s. Los primeros narcotraficantes en Colombia fueron los marimberos de la Guajira y Santa Marta, que a finales de los 60’s empezaron a dominar las rutas de tráfico de marihuana ganando increíbles sumas de dinero. Sin embargo, con los 70’s y la popularización de la cocaína, el negocio se expandió dejando aún más ganancias.

Estos narcotraficantes, nuevos ricos, fueron vistos con complacencia pues, ante la crisis económica de la administración López Michelsen en el 75, con un estancamiento de la agricultura, un descenso en la construcción, la transformación del país de exportador a importador de petróleo, los altos índices de desempleo, la inflación y los paros que se sucedían unos a otros, estos personajes eran los únicos con la capacidad económica de generar empleo e inversiones.

Sin embargo, la tradicional elite colombiana no los recibía con agrado en su círculo social pues, a fin de cuentas, a pesar de tener mucho dinero los nuevos ricos, o “mágicos” como se les empezó a llamar, provenían de clases humildes y, en el mejor de los casos, de una clase media con apenas intento de estudios universitarios.

Así que, a pesar de crear y comprar empresas y propiedades que los distinguieran como una clase empresarial e inversionista, y que sobre todo ocultaran sus actividades ilícitas y justificaran sus fortunas, los nuevos ricos necesitaron un medio de unirse e integrarse a la elite y la solución para esto fue el fútbol.

Las elites regionales habían tenido una transformación en cuanto al fútbol desde los años 10 pues pasaron de ser los practicantes del deporte a ser los dirigentes deportivos. El prestigio nacional que había adquirido un personaje como Alfonso Senior al ser el gestor de El Dorado, además de los buenos resultados económicos que presentó este periodo para la dirigencia, hizo que muchos personajes de sociedad seguidores de un equipo se vincularan con dinero a su club favorito durante los 60 y comienzo de los 70, con el fin de ser parte y responsables de las victorias del cuadro.

El mejor ejemplo de esto fue el Santa Fe campeón de 1975, cuya junta directiva contaba con tradicionales hinchas del equipo pertenecientes a la elite bogotana como los periodistas Guillermo Cortés y Daniel Samper Pizano y con el empresario Fabio Pardo como vicepresidente, pero, en general, todos los clubes colombianos a mediados de los 70 contaban entre sus socios a distinguidos industriales y empresarios.

Pero la crisis económica de esos años empezó a cambiar las cosas. El fútbol profesional, como espectáculo, necesita de estrellas para resultar atractivo al público y esas estrellas acostumbraban a cobrar en dólares, algo que se volvió insostenible para los equipos que recibían devaluados pesos por taquillas y empezaron a funcionar al debe.

La crisis en el Once Caldas a comienzos de los 70, por ejemplo, llegó a tal punto que ni siquiera el ingreso de socios capitalistas pertenecientes a las más respetadas familias de Manizales pudieron hacer atractivo a un equipo que no entraba nunca a los hexagonales finales y que, por tanto, no llamaba la atención masiva de público por lo que en 1972 tuvo que venderle el patrocinio de su camiseta a la Industria Licorera de Caldas y pasaría a llamarse por muchos años el Cristal Caldas, en alusión al aguardiente de su patrocinador.

La llegada del patrocinio de la empresa privada fue un aliciente al que no muchos clubes se quisieron unir en un comienzo, sobre todo los históricamente grandes que veían en esto una muestra de debilidad, pero que con el tiempo se volvió obligatorio para hacer buenas contrataciones y, por tanto, buenas campañas que era lo que el público exigía.

La Dimayor trató de darle un respiro económico a los clubes reglamentando la alineación titular de máximo cuatro extranjeros por equipo, buscando así reducir los gastos de sus socios, pero el dominio extranjero era histórico e inmediatamente surgió la regla empezaron a aparecer las nacionalizaciones de jugadores argentinos, uruguayos, paraguayos y brasileños que, a pesar de aparecer como colombianos en las planillas, firmaban y cobraban sus contratos con tarifas de extranjeros y en dólares.

El resultado de todo esto fue que al finalizar los 70 y empezar los 80, los equipos grandes del país enteraron en crisis y, en medio de esa búsqueda de fondos, aparecieron los “mágicos” que, en su búsqueda de aceptación y apoyo social, se convirtieron en los redentores económicos del fútbol colombiano.

Cada capo con su equipo

En 1977 Gilberto Rodríguez Orejuela, que junto a su hermano Miguel y un amigo llamado José Santacruz Londoño había establecido una sólida ruta de tráfico de cocaína hacia EE.UU. y ya era respetado como gran empresario vallecaucano, siendo propietario de múltiples empresas como Drogas La Rebaja y el Grupo Radial Colombiano, buscó comprar acciones del Deportivo Cali, el mejor equipo de los últimos quince años, en cuya junta accionaria se podría codear con muchos miembros de la alta sociedad caleña.

La estructura de la Asociación Deportivo Cali, que impide socios mayoritarios, prohibía que Rodríguez Orejuela controlara el club como era su intención y, además, el presidente de la institución, Alex Gorayeb, se opuso desde un comienzo a que un hombre de fortuna desconocida entrara a formar parte de los accionistas del equipo.

Miguel Rodríguez, en cambio, era uno más de los sufridos seguidores del América de Cali, el equipo popular del Valle que nunca había conseguido un campeonato y, a diferencia de Gilberto, él no estaba dispuesto a que la elite ignorara quién era el hombre más rico del departamento.

En 1979 el equipo sale campeón de la mano del director técnico Gabriel Ochoa Uribe y con un gran esfuerzo económico de la junta directiva, que contrató a los paraguayos Gerardo González Aquino y Juan Manuel Bataglia. El gasto del primer título de los “diablos rojos” hizo necesaria la presencia de nuevos accionistas y, de esta forma, el 4 de enero de 1980 Miguel Rodríguez Orejuela pasó a ser el accionista mayoritario y, prácticamente, el dueño del club.

En Medellín las cosas se presentaron de igual forma pues, mientras un nuevo benefactor altruista llamado Pablo Escobar Gaviria inauguraba canchas de fútbol y repartía mercados en los barrios más pobres de la ciudad con un programa político llamado “Medellín sin tugurios”, muchos de sus socios en la mafia organizada del departamento de Antioquia se hacían dueños de Atlético Nacional y Deportivo Independiente Medellín.

Pablo Correa y Héctor Mesa se hicieron con el mayor paquete accionario del DIM al comenzar los 80 y ambos serían hallados abaleados un par de años después en lo que las autoridades consideraron “vendettas” entre mafiosos. El mecenazgo del equipo pasó entonces a manos de Darío Ocampo, un nuevo rico que, según el libro La Coca Nostra, entre sus propiedades contaba con Villa Salsa, una finca con cinco discotecas de diferentes tipos de música cada una.

La familia Botero Moreno era la tradicional propietaria del Atlético Nacional desde 1962, y era a la vez dueña de varias casas de cambio. Pero extrañamente su capital creció de gran forma durante los 70, cuando estos establecimientos supuestamente entraron en crisis, llegando a tener el capital suficiente para comprar el Hotel Nutibara de Medellín, el más lujosos de la ciudad y uno de los más exclusivos del país, por lo que se les empezó a vincular con el lavado de dólares del grupo de mafiosos de Antioquia.

A comienzos de los 80 un lugarteniente de Pablo Escobar que actuaba en el Magdalena Medio, el cual se había formado en la delincuencia al contrabandear esmeraldas y asesinar rivales y tenía un especial gusto por la cultura mexicana y el fútbol, entraba a dominar la tercera parte de las acciones del club de sus amores: Millonarios.

Se trataba de Gonzalo Rodríguez Gacha, un campesino de Pacho Cundinamarca que, gracias al narcotráfico, las esmeraldas y a la imposición violenta sobre sus enemigos se había convertido en uno de los hombres más ricos del país y que, por su gusto por las rancheras, los caballos y la cultura popular “manita”, fue conocido como “El Mexicano”.

Millonarios estaba en una gran crisis deportiva y financiera al comenzar 1982. Reflejó de lo primero era que desde el título de 1978 el equipo no participaba en ninguna final, y de lo segundo que, al comenzar el año, por cada peso que le ingresaba a Millos se gastaba 1.75 en el mantenimiento de la nómina, por lo que se necesitaba con urgencia una capitalización.

De esta forma entraron como socios mayoritarios Gonzalo Rodríguez Gacha y Edmer Tamayo Marín, con sus respectivas familias, y, la silla que alguna vez había ocupado un caballero adusto y formal como Alfonso Senior, pasó a ser de un tipo de camisa abierta hasta el ombligo, botas texanas y sombrero vaquero con plumas de colores que estaba comprando todas las tierras posibles en el Magdalena Medio, y que invitaba a sus amigos a su finca en Pacho a comer marrano muerto a balazos.

En Santa Fe pronto los nuevos inversionistas desplazaron a los tradicionales socios que se veían incapaces de soportar toda la carga económica. Guillermo “la chiva” Cortés denunció que dineros sucios estaban entrando al equipo y se retiró del mismo cuando el dominio pasó a manos del Grupo Inverca de Cali cuyos principales accionistas eran Fernando Carrillo y, posteriormente, Phanor Arizabaleta, miembro de la cúpula del grupo de Cali.

El Deportivo Pereira, un equipo tradicionalmente chico, pasó a ser propiedad exclusiva del excéntrico multimillonario Octavio Piedrahita a quien se vinculaba sin pruebas con el grupo de Pablo Escobar y, sorprendentemente, en 1982 el equipo matecaña quedó de cuarto en el campeonato. Piedrahita luego sería presidente de Nacional y luego sería asesinado en la guerra de carteles.

El negocio del lavado de activos en un equipo de fútbol

La situación cambiaria y las ventajas que ofrecía la “ventanilla siniestra”, término con el que se denominó la forma por la que ingresó el dinero ilegal al país con la bonanza cafetera de los 70’s, hicieron que los equipos de fútbol dejaran de registrar sus pagos en dólares a los extranjeros pues esto les representaría pérdidas y que, en los clubes como América y Millonarios en los que la cabeza visible era un narcotraficante, el equipo fuera utilizado para lavar dólares.

Esto se hacía de una forma bastante simple: las transacciones con los equipos extranjeros de donde salían las figuras se hacían en dólares pero se registraban en pesos en el Banco de la República y, además, los contratos con estos jugadores extranjeros eran falsos pues, al tener que establecerse en pesos, se firmaban por una cantidad menor a la que el futbolista en realidad recibía.

El mejor ejemplo de esto es el contrato de Julio César Falcioni, arquero del América campeón de 1982, que aparecía por 85.000 pesos cuando en realidad se le pagaban dos millones. Esto transformó el funcionamiento de los clubes, pues los dueños de los pases o derechos de los jugadores dejaron de ser los equipos, en prejuicio para su patrimonio, y pasaron a ser los socios.

De ahí que, cuando los socios se esfumaron o murieron, el respectivo equipo entrara en la crisis absoluta como le pasó a Millonarios tras la muerte de “El Mexicano”.

El siniestro matrimonio fútbol-narcos

Estos son algunos de los momentos más vergonzosos de la historia del fútbol colombiano y su relación con el dinero ilegal:

– El primero de diciembre de 1981 una avioneta sobrevoló el estadio Pascual Guerrero de Cali anunciando la creación del grupo Muerte A Secuestradores, MAS. Ese día jugaron el primer partido de la final del fútbol colombiano América y Nacional mientras los espectadores veían cómo del cielo caían papeles con un comunicado que decía que 223 capos aportaron 9 millones de dólares y 2000 hombres armados para combatir el secuestro y que “van a ejecutarse tanto los delincuentes comunes como los grupos guerrilleros… De no ser localizados los autores directos recaerá la acción sobre sus compañeros en la cárcel y sobre sus familiares más cercanos”. Fue el primer paso para los grupos paramilitares en Colombia.

– La acusación formal de Lara Bonilla de que el narcotráfico estaba infiltrado en clubes como Atlético Nacional, Millonarios, Santa Fe, Deportivo Independiente Medellín, América y Deportivo Pereira, hizo que Gonzalo Rodríguez Gacha desapareciera de los registros de accionistas de Millonarios y todas sus acciones pasaron a manos de terceros. Miguel Rodríguez Orejuela apareció como el dueño de sólo el 9% del América. Así nació oficialmente el testaferrato en Colombia.

– El primer extraditado por narcotráfico en la historia de Colombia fue Hernán Botero, presidente del Atlético Nacional, y, en un polémico acto de protesta por esta decisión del gobierno la Dimayor ordenó suspender la fecha del 15 de noviembre de ese 1984. La extradición de Botero llevaría a los capos a formar un grupo armado que le declaró la guerra al estado llamado “Los Extraditables”, el cual sumió al país en el terror. El logo de esta organización era la imagen de Botero encadenado.

– El campeonato de 1989 tuvo que ser cancelado por las presiones de la mafia. Las apuestas ilegales condujeron al asesinato del árbitro Álvaro Ortega y la Dimayor suspendió el torneo en noviembre de ese año.

– La lista de dirigentes del fútbol asesinados por sus vínculos con el narcotráfico o sindicados de tenerlos es larguísima; desde Hernán Botero (Nacional, primer extraditado), pasando por Eduardo Dávila (Unión Magdalena, sindicado de tráfico de marihuana) e Ignacio Aguirre, alias ‘El Coronel’ (Tolima, asesinado en los 80’s), hasta César Villegas (acusado de ser el testaferro de Phanor Arizabaleta en Santa Fe y asesinado en 2002) y Juan José Bellini (presidente de la Federación y ex dirigente del América vinculado con el Proceso 8.000 por sus nexos con el Cartel de Cali).

– En los últimos tiempos Eduardo Méndez (Santa Fe) fue extraditado, Gustavo Upegui (Envigado) fue asesinado por el jefe de la “Oficina de Envigado”, alias Don Berna; doce ex dirigentes del Medellín terminaron en la cárcel, así como al Pereira se le relacionó con Carlos Mario Jiménez, alias ‘Macaco’.

– La directora de la Unidad Antinarcóticos de la Fiscalía, Ana Margarita Durán, señaló esta semana, tras la Operación Cuenca del Pacífico, que “tenemos que mirar la responsabilidad individual y no podemos hablar del equipo en general, ni de los socios. Pero sí hay por lo menos evidencia clara y elementos probatorios que encaminan a que, efectivamente, este club deportivo (Independiente Santa Fe) sí recibió dinero por parte del narcotráfico”.

¿Cuándo se acabará esta maldición? Sólo cuando Coldeportes tome cartas en el asunto y ponga a marchar de verdad a los clubes profesionales.

Redacción Futbolred.com